
Nos alargan la edad de jubilación. Bien. Al mismo tiempo, cada año hay más bajas por ansiedad, depresión y burnout. Que alguien me explique cómo cuadra eso, porque a mí no me sale la cuenta.
Vivimos rodeados de enfermedades que hace treinta años ni tenían nombre o no existían. Respiramos peor, comemos peor, dormimos menos. Con suerte, comemos bien "sin contar tiempos" y dormimos siete horas. El resto del tiempo —dieciséis, diecisiete horas— se reparte entre desplazamientos, pantallas, ruido y trabajo. Y aquí está el detalle que casi nadie quiere mirar de frente: de esas dieciséis horas, la mayoría se las lleva el trabajo. No la genética. No la mala suerte. El trabajo.
Si eres empresa: esto no es filantropía, es matemática
Una plantilla que se quema no solo coge más bajas. Rinde peor estando presente, que es lo que no ves venir en ninguna hoja de cálculo. Y de paso, contamina al equipo. Rota más, cuesta más sustituir, y hoy en día se entera todo el mundo de cómo tratas a tu gente antes de mandarte un CV. No hace falta que te caiga bien el discurso del bienestar. Basta con que hagas números.
Si eres trabajador: esto tampoco es casualidad
Si notas que llegas a casa sin fuerzas para nada que no sea el sofá y el móvil, no es que te hayas vuelto flojo de repente a los 35. Es que te estás dejando la salud en un sitio que, a cambio, te promete una jubilación cada vez más lejana. El cuerpo pasa factura. Y la factura no la paga la empresa, la pagas tú.
De ahí nace todo lo que hago
No creo en el bienestar de cartel — la clase de yoga de los viernes que no cambia nada el lunes. Creo en revisar lo que de verdad desgasta a las personas dentro de una empresa, y en construir algo que se note en las cifras y en las personas. Porque al final, la salud de tu plantilla y la salud de tu negocio son la misma cosa, aunque nadie lo ponga en el mismo Excel.
¿Hablamos?
Jime Marcosta
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